Por qué el tema «Gigantes» da un buen libro
Una aventura a la medida del niño
Los niños viven rodeados de gigantes cada día. La mesa está alta, los adultos llegan a la balda de arriba y los pomos de las puertas quedan muy lejos. Un cuento sobre los gigantes le da la vuelta a todo eso: ahora el niño es el pequeño y rápido, y el grande resulta ser torpe, estar solo o tener miedo de algo diminuto. Es divertido y tranquilizador ver que el tamaño no lo es todo. Tu hijo puede ser quien se cuele donde el gigante no llega y quien entienda lo que de verdad necesita.
Grandes y pequeños en la misma página
Buena parte de la diversión de un cuento de gigantes está en la diferencia de tamaño. Tu hijo puede recorrer el bolsillo del gigante como si fuera una cueva, dormir en su zapatilla o ayudarle a enhebrar una aguja que no alcanza a ver. Quizá el gigante haya perdido su anillo, una semilla que prometió plantar o el ratón que es su único amigo. Tu hijo lo encuentra y el gigante lo lleva a casa sobre su hombro, por encima del bosque. Otra posibilidad es un gigante que tiene miedo de los ratones, o uno que quiere hacerse amigo de la gente del pueblo pero no sabe llamar a la puerta sin romperla.
El gigante entra en vuestra vida cotidiana
El gigante resulta más divertido cuando aparece en el propio mundo de tu hijo. Cuéntanos dónde vivís —junto al mar, en un bloque de pisos o en el campo— y el gigante podrá pasar por encima de vuestro tejado. Menciona el juego favorito de tu hijo y quizá el gigante quiera jugar también, aunque nunca quepa en el arenero. Un hermano o una hermana puede ser quien oiga primero los pasos, y hasta puede que el propio gigante llame gigante a un padre o una madre altos.
Para un niño menor de tres años, la historia trata sobre todo de lo grande y lo pequeño, el estruendo y el silencio. A los niños en edad preescolar les encanta un gigante que parece peligroso pero resulta ser amable. A partir de los seis años, el gigante puede tener un problema que requiera ingenio y trabajo en equipo, y los niños mayores pueden disfrutar de una historia en la que no esté claro si se puede confiar en todos los gigantes.
Las piedras que lanzaron los gigantes
En algunos paisajes de España, como los Pirineos, y en otras partes de Europa hay enormes bloques de roca que descansan solos en un campo o en un bosque. Hace mucho tiempo, la gente decía que los gigantes los habían lanzado allí. La explicación real es casi igual de asombrosa: durante la Edad de Hielo, los glaciares transportaron las rocas y las dejaron al derretirse el hielo. Se llaman bloques erráticos. Buscad uno cerca de vosotros, poneos a su lado e imaginad cómo de grande tendría que ser un gigante para lanzarlo. Algunos bloques erráticos son más grandes que una casa. Pregúntale también a tu hijo qué desayunaría un gigante.
Tu hijo es el héroe
Rellenas el nombre y la edad del niño y lo que le gusta, y subes una foto. La historia sobre los gigantes se escribe para tu hijo en concreto, y las trece imágenes y la portada se dibujan a partir de la foto en el estilo que elijas. Hermanos, padres, abuelos o la mascota pueden acompañarlo, hasta cinco personajes. Si quieres incluir algo que haya pasado últimamente, un viaje o un diente que se ha caído, lo escribes y se integra en la historia.
Del libro electrónico al libro de tapa dura
El libro electrónico está listo unos minutos después del pago y puedes cambiar el texto y pedir imágenes nuevas. Después lo pides como libro de tapa dura en A4. Empieza a crear el libro o lee más sobre los precios. ¿Quieres ver cómo queda un libro terminado antes de decidirte? Hojea nuestros libros de ejemplo.
Así puede empezar la historia
El suelo tiembla. Una vez, dos veces. Las tazas del armario tintinean. Corres a la ventana y ves que alguien ha cruzado el campo de fútbol dejando enormes hoyos a su paso. El más grande se ha llenado de agua y un pato ya nada en él. Las huellas se alejan hacia la colina que hay detrás del colegio. Las sigues, pasas los columpios y el gran roble, hasta que oyes algo que suena como un trueno llorando. Detrás de una roca tan grande como una casa hay un gigante sentado con las rodillas encogidas. Tiene la nariz roja y se seca los ojos con un pañuelo del tamaño de una vela de barco. «Lo he perdido», dice. «Lo pequeño. Lo más importante. Y mis dedos son demasiado grandes para buscarlo».














